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¿AUTORIDAD O LIBERTAD?



La palabra “autoridad” hoy en día es un concepto discutible, muchos padres y psicólogos opinan que los niños han de ser equiparados a los adultos lo antes posible. Pero muchas veces las palabras “libertad” e “igualdad” solamente encubren la inseguridad en cuestiones pedagógicas y sólo son pretexto para sustraerse a la responsabilidad por debilidad o por indiferencia. En estos casos se parte, por lo tanto, de las propias necesidades y no de la de los niños, y esto debido a que hemos perdido la capacidad de tratar a los niños según la naturaleza propia de su edad.

Entre los 7 y 14 años aproximadamente, el niño desea poder apoyarse interiormente, desea poner toda su confianza en todo lo que dice y hace el maestro o el adulto que lo forma. Necesita una “autoridad” que no le es impuesta ni conquistada con dureza ni mucho menos con violencia. El único respeto aceptable es aquel que despierta como por si solo del cariño de los niños.

Para los adultos la palabra autoridad nos trae inmediatamente los conceptos de violencia y dictadura, pero cuando como maestros decimos que el niño en edad escolar hasta alcanzar la pubertad siente un anhelo de autoridad queremos decir algo muy distinto. Los que estén rodeados de niños habrán notado lo importante que es para ellos tener cerca de sí a una persona en la que puedan apoyarse y hacia la que puedan mirar con profundo respeto. En realidad, esta sensación de seguridad es una fuente de energías de la que los niños nunca se sentirán totalmente saciados.

Aquí reside el punto clave del problema: la autoridad verdadera es un fenómeno que no puede conseguirse ni mantenerse con ninguna clase de medios exteriores; se trata de que la devoción, veneración y amor que por el maestro o el adulto significa surja de manera natural, si no es así no tiene valor. La única forma deseable de autoridad se basa, en el segundo septenio, en el afecto de los niños, que son los que otorgan la autoridad.

Si no se satisface esta necesidad de los niños pueden observarse deficiencias en la vida posterior. En niños que han sido expuestos demasiado temprano a hacer juicios propios y tomar decisiones por su cuenta, se manifiesta con frecuencia cierta inseguridad: su desconfianza, su continuo deseo de llevar la contraria no son prueba de fortaleza anímica, sino de debilidad interior y no conducen a nada. Por haber quedado insatisfecha la necesidad de apoyo que tenían durante su niñez, se buscan en algunas ocasiones, sobre todo durante su juventud, los más peregrinos sustitutos de autoridad, como cantantes de música, héroes de películas o dictadores políticos. La falta de estabilidad que frecuentemente domina su vida les hace muy difícil poder colaborar más tarde con otras personas de forma natural.

La autoridad que por amor a los niños pretende granjearse el maestro o el adulto, no puede convertirse en obstáculo para la evolución hacia la libertad, todo lo contrario; quien haya podido disfrutar en su infancia de una reconfortante confianza en los adultos que dirigían su educación, tiene más facilidad para sentir en su interior la íntima seguridad que hace posible más tarde en la vida poder “realizarse” de una forma natural y relajada. La pregunta ¿autoridad o libertad? No es correcta, pues autoridad es un trayecto necesario en el camino que conduce a la libertad.


 

FRANS CARLGREN
“Educación hacia la Libertad”

 




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